“Colombia… ¡déjate reconciliar!”


Tercera crónica de la visita del Papa Francisco a Colombia

Cristo negro de Bojaya (Choco, Col.)

Villavicencio, la puerta de los inmensos llanos orientales, se convirtió en una gran maloca (casa comunitaria amazónica) para acoger el encuentro entre el Papa Francisco y las víctimas del conflicto colombiano. Nada había podido ser mejor que una maloca fresca, sencilla, silenciosa para la escucha de tantas historias de dolor enquistadas en el corazón de un pueblo sufriente, como herida profunda aún abierta y putrefacta. Nada mejor que una maloca para invocar el soplo sanador de los ancestros indígenas, capaz de activar memorias y presencias vivas y acompañantes.

En la cúspide, como grito de ocho millones de víctimas levantado hacia el cielo, la imagen de un Cristo destrozado, el “Cristo negro de Bojayá”, traído en peregrinación desde la población afrocolombiana de Bellavista (Chocó), en donde se sufrió uno de las masacres más espantosas del conflicto (2 de mayo de 2002), conservado sin restaurar como memoria pedagógica para que hechos así nunca más vayan a suceder.

Después de expresar respeto por pisar tierra regada con sangre de tantas víctimas, el Papa Francisco compartió su sentimiento de cercanía, de escucha y afecto a fin de solicitar el desafiante camino del perdón mutuo y la reconciliación. Escuchó con profunda conmoción el testimonio de tres mujeres y un hombre, víctimas de la infame guerra que los arrolló destrozándoles sin compasión. Compartieron cómo han venido haciendo caminos de restauración en compañía de sus diezmadas familias y cómo la acción solidaria hacia otras víctimas ha sido el bálsamo sanador de sus heridas.

Con estos relatos acogidos en su corazón y junto a este Cristo amputado, “más Cristo”, el Papa Francisco recordó que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y que el dolor se transforma  con la fuerza del perdón y la grandeza del amor, que la escucha de historias de amor y perdón “hace mucho bien” pues hablan de vida y esperanza ayudando a romper las cadenas del odio y del dolor y a dar comienzo a nuevos caminos restauradores. Llamó a estar atentos sobre el peligro de la cizaña contra la paz y a asumir la verdad, pues ésta es compañera inseparable de la justicia y la misericordia, lanzó un clamor desgarrador: “Colombia, abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate reconciliar. No temas a la verdad ni a la justicia. No tengan temor a pedir y a ofrecer el perdón. No se resistan a la reconciliación para acercarse, reencontrarse como hermanos y superar las enemistades”, insistió con serenidad pero con firmeza, que “Es hora de sanar heridas, de tender puentes, de limar diferencias. Es la hora para desactivar los odios, renunciar a las venganzas y abrirse a la convivencia basada en la justicia, en la verdad y en la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno”.

Terminado el discurso de la reconciliación, exclamó la oración ante el “Cristo negro de Bojayá”:

Oh Cristo negro de Bojayá,

Que nos recuerdas tu pasión y muerte;

Junto con tus brazos y pies

Te han arrancado a tus hijos

Que buscaron refugio en ti.

Oh Cristo negro de Bojayá,

Que nos miras con ternura

Y en tu rostro hay serenidad;

Palpita también tu corazón

Para acogernos en tu amor.

Oh Cristo negro de Bojayá,

Haz que nos comprometamos

A restaurar tu cuerpo.

Que seamos tus pies

Para salir al encuentro

Del hermano necesitado;

Tus brazos para abrazar

Al que ha perdido su dignidad;

Tus manos para bendecir y consolar

Al que llora en soledad.

Haz que seamos testigos

De tu amor y de tu infinita misericordia.

 

Después de la misa de beatificación del padre Pedro María Ramírez y del Obispo de Arauca Jesús Emilio Jaramillo, víctimas de la violencia colombiana, el Papa Francisco regresó anocheciendo a Bogotá. En la nunciatura se encontró con otro grupo de víctimas organizadas quienes resaltaron su misión de ser “hospital de campo” para ayudar a otras víctimas. Escuchó sus testimonios y en especial el de María Cecilia Mosquera, víctima de Machuca, quien se refirió al difícil camino del perdón, el que aún no ha terminado de recorrer. Tomó la palabra para agradecer las diversas expresiones testimoniales y para resaltar una expresión que le impactó de una víctima: “Dios perdona en mí!”. Hizo oración para pedir que Colombia abra su puerta  para que Dios entre en su casa y perdone…pidió reconciliación con verdad, justicia y misericordia, y dio gracias por todo lo que las víctimas le habían enseñado. Se despidió no sin antes abrazar a cada una de las personas del “hospital de campo” y a las niñas y los niños que cantaron y bailaron para él.

 

Fernando Torres Millán

Bogotá, 8-09-2017

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