Tomar ayahuasca por primera vez… Un encuentro espiritual con la naturaleza


Jeison Oviedo Mercado

 

Quiero compartir cómo fue mi experiencia tomando ayahuasca por primera vez. Debo advertir que nada de lo que diga puede describir fielmente lo que sentí, ni tampoco puede modelar la experiencia de los demás, ya que cada persona lo puede vivir de formas completamente distintas. No puedo hacer recomendaciones de ningún tipo porque no conozco mucho del tema. Mi experiencia se limita a drogas sintéticas ocasionales en fiestas o paseos, pero ninguna tan especial y potente como el yagé. Por eso, en lugar de proponer respuestas, lo que quiero es compartir algunas inquietudes y reflexiones que me quedaron después de probarla.

 

A pesar de las recomendaciones, no fue fácil desarmar mi mente de los muchos pensamientos que me mantenían en alerta frente a esta aventura desconocida, parecida a entrar en una cueva donde no se sabe qué vas a encontrar ni cómo salir de ahí. La ceremonia comenzó más tarde de lo previsto. Mientras tanto, el ayuno de todo el día y el cansancio hacían más larga la espera y alborotaban el hambre y los nervios.  La verdad es que tenía miedo, pero no era para menos porque esta era una experiencia que prometía ser muy dura y exigente físicamente, además de poner a prueba mi susodicha apertura mental para probar nuevas prácticas en el campo espiritual.

 

Un ritual de ayahuasca es muy diferente a todas las celebraciones religiosas en que he participado en mi vida, que no son pocas. Estudié en un colegio dirigido por monjas, fui acólito en la parroquia del barrio, anduve muchos años en grupos de pastoral juvenil, fui postulante en una comunidad franciscana, iba a misa frecuentemente y hasta hoy sigo siendo creyente y muy inquieto por aprender de lo que el Evangelio le puede aportar a la vida de las personas y al trabajo por la justicia en el mundo, aun cuando me he vuelto más crítico y distante de la institucionalidad católica.

 

Ahora estaba ahí sentado en una maloca junto al fuego, impaciente, hambriento y cagado del susto, pero disimulando lo mejor que podía, y tratando de poner atención a las palabras del taita, que nos iba a introduciendo en el conocimiento de la planta. Decía que había que callar a “la loca de la casa”, refiriéndose a la mente, que era normal estar asustado, que nos dejáramos llevar y cosas por el estilo que, si bien tenían sentido para mí, no me estaban funcionando muy bien para sentirme tranquilo, como el resto de participantes que conversaban, fumaban tabaco, sonaban las maracas y parecían estar esperando una fiesta. Yo quería estar así, pero no podía.

 

Al fin comenzó la ceremonia. Lo primero era recibir el rapé, un polvo preparado con las hojas de la planta de tabaco molidas y secadas, que le soplan a uno por cada fosa nasal con una especie de pipa o bombilla de madera. Un soplete de rapé se siente como si un chorro de ceniza disparado dentro de la nariz te partiera el cerebro y te ahogara por unos segundos. Hay que respirar despacio por la boca hasta terminar de tragar toda esa polvareda y esperar que se pase el sabor.  El rapé no solo ayuda a aquietar la mente, sino que también sirve para curar los males respiratorios, según explicaba el taita. Yo sentí una especie de borrachera y mareo que se iba acentuando con la música ayahuasquera de fondo. Después de unos minutos, el rapé se puso bueno y sin darme cuenta estaba coqueteando con el fuego, con ganas hasta de bailar, y deseaba tener más fuerzas y escuchar otra música más de mi gusto, una cumbia, una salsa, algo electrónico. Totalmente desubicado, yo sé.

 

Pero las canciones ayahuasqueras transmitían una onda completamente distinta. Expresaban veneración por la planta, eran versos de amor y agradecimiento, anunciaban un camino a despertar, a morir, a nacer de nuevo. No conocía estas letras, ni el ritmo, ni el tono en que cantaban. Nada me era familiar y eso me hacía sentir en un lugar extraño y rezándole a un Dios que no era el mío. Intentaba razonar el porqué estaba ahí, recordándome a mí mismo que no había nada malo con la ceremonia, que era estúpido e innecesario entrar en dilemas morales. Aún así el temor seguía latente y me preguntaba si quizás estaba cruzando la línea, si estaba haciendo algo irresponsable o peligroso. Extrañaba la familiaridad con las canciones religiosas cristianas olvidadas hace tiempo, pero que en ese momento añoraba escuchar de nuevo para sentirme más seguro.

 

El taita llamó a la toma de “la medicina”, como le llaman también  a la ayahuasca. Era el momento más esperado. Ya había visto la jarra sobre la mesa desde el otro extremo de la maloca y su contenido achocolatado y viscoso. Me puse en fila conteniendo los nervios. Iba a recibir el fruto de la madre tierra, la herencia de los saberes ancestrales, una maravilla de la naturaleza. El fervor de las personas que hacían la fila conmigo para tomar el yagé, solo lo había percibido entre los fieles que hacen fila para besar la cruz el viernes santo, o para tomar la hostia en la misa. Mi mente insistía en buscar puntos de comparación con las tradiciones católicas, era como un mecanismo de defensa para justificar la hazaña. Sea como sea, llegué a la mesa y me bebí entero el contenido de la taza que me pasó el taita.

 

Me senté a contemplar el “abuelo fuego” junto a los demás y me concentré en callar los pensamientos siguiendo el movimiento de las brasas, mientras la planta empezaba a hacer su efecto. En unos 20 minutos o media hora tendría que levantarme a vomitar, como lo estaban haciendo los que bebieron antes que yo. En ese lapso empezaron unas náuseas incómodas y dolorosas. Me pesaba el cuerpo y no sabía cómo sentarme ni qué posición tomar. Finalmente sentí el impulso definitivo de vomitar y salí de prisa al césped. Mi cuerpo estaba débil y tuve que poner las manos sobre las rodillas para aguantar la maratón de vómitos.

 

La ayahuasca es una purga brutal y profunda que te sacude las tripas con fuerza, te deja sin aliento, te desarma, te tira al suelo, te vuelve mierda, te mata. Ni siquiera tenía fuerzas para hablar y decirle a alguien: “me siento mal”. Tampoco valía la pena. Todos estaban en la misma situación. Unos más que otros. Había unos más experimentados que tenían mejor semblante. Yo era un costal de huesos arrodillado en el césped vomitando hasta el alma y abandonado al poder devastador de la planta, sin más opción que dejarla actuar. Uno de los asistentes me aconsejaba que pensara en lo que estaba expulsando, que soltara lo que no me hacía bien, que le pidiera fuerzas a la tierra, en fin. Era como volver a escuchar esas historias de la semilla que debe morir para dar frutos, o de morir al pecado y nacer de nuevo, solo que ahora cobraban más sentido y realidad, porque las estaba sintiendo en carne propia sin mayores reflexiones ni fórmulas.

 

Pido disculpas por comparar la ceremonia del yagé con las creencias de la fe cristiana. No es mi intención justificar o validar las enseñanzas de la ayahuasca con una tradición religiosa, eso sería por lo menos una falta de respeto con nuestros pueblos originarios, cuyas costumbres y saberes ancestrales han sido olvidados y marginados de la sociedad, por ser considerados primitivos y equivocados, según el criterio del pensamiento moderno, que impuso su retórica salvacionista cristiana a costa del genocidio y la exterminación de pueblos enteros, sus lenguas, religiones y sabidurías.

 

Tampoco intento en absoluto congraciarme con la Iglesia ni reiterar la facultad que siglos de catolicismo dominante les han atribuido para pontificar sobre la vida y la muerte y dar cátedra sobre el modo correcto de vivir, de amar y de ser persona. Por el contrario, lo que intento es poder leer mi experiencia con el yagé desde un punto de vista neutral, y poner a prueba lo que he estudiado y aprendido en los últimos años acerca de la reivindicación del pensamiento decolonial como una alternativa para buscar respuestas y soluciones a los nudos problemáticos humanos, sociales y políticos de las sociedades en América Latina.

 

Esta era la ocasión precisa para demostrarme a mí mismo si estaba dispuesto a tomar partido por esos mundos-otros y saberes-otros que la hegemonía del orden occidental convirtió en extrañas y ajenas, pese a ser parte de nuestra identidad y nuestra historia. Desafortunadamente, no puedo desconocer que durante toda la ceremonia sentí miedo, pero supongo que es normal la primera vez que uno se enfrenta a una experiencia nueva y muy desafiante en el sentido físico, mental y espiritual.

 

Fue tan fuerte el efecto del yagé, que cuando llamaron a la segunda toma de la medicina, yo preferí seguir acostado intentando dormir. Había decidido que la primera copa era suficiente y no quería beber más. Pero mis intentos por dormir eran en vano porque aún tenía el impulso de trasbocar y sentía el estómago lastimado. Mi mente estaba viajando entre líneas de colores que formaban mandalas en movimiento. Sentía el suelo de la maloca elevarse poco a poco y sostenerse a más altura que los árboles alrededor.

 

Si quería encontrar alivio al malestar y poder disfrutar más ese viaje, era necesario otra copita del “sagrado remedio”. Quizás debía seguir vomitando, cagar varias veces, revolcarme en el piso, gritar y llorar como las demás personas, hacer lo que la planta dispusiera para darme su bendición y hacerme digno de haberla consumido. Así que lentamente me fui incorporando y todavía con más dudas que seguridad, me acerqué a la mesa a beber una segunda copa.

 

Esta vez el rapé me puso a temblar y me envió a una segunda tanda de vómitos. Sentía el estómago estremecerse con fuerza para expulsar todo lo que había dentro. En este punto solo quería que todo pasara pronto, así tuviera que vomitar y cagar mil veces más. Pero con el amanecer llegó el alivio muy despacio. La música y las primeras luces del día me ayudaron a sentirme un poco mejor, y me fueron envolviendo en una cálida sensación de consuelo y de paz. Empezaba a salir de una prueba salvaje para la que tal vez no estaba bien preparado, o tal vez sí, o tal vez eso no importaba ya. Lo cierto es que sentía mi estómago más relajado y el corazón sensible y abrumado por seguir vivo después de una noche durísima.

 

Tomar ayahuasca es lo más cercano a la muerte que he experimentado. No lo digo por decirlo. Las letras de las canciones ayahuasqueras lo corroboran: “Sentí que iba a morir, pero volví a nacer. Parece mentira, pero volví a nacer”. La experiencia es como un viacrucis, un camino a morir por dentro, para encontrar el alivio después de poner a prueba el cuerpo y resistir una dura embestida en lo más adentro de las entrañas. Es un encuentro cuerpo a cuerpo y espíritu a espíritu con la naturaleza y la tierra. Un viaje al propio interior que nos hace despertar, como lo anuncia Jung: “Quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro despierta”.

 

Si algo puedo asegurar después de este paso es que estamos conectados de raíz con lo que nos rodea, que no somos superiores ni dueños de nada y que somos uno con el universo. Solo la sabiduría ancestral puede desbaratar esos aparatajes teóricos que le han conferido al ser humano una supuesta superioridad para disponer del planeta a su gusto y conveniencia. Digerir estas sensaciones te marca un antes y un después y te libera, te sana y reconforta.

 

Ya más calmado en una silla, lloraba sin entender muy bien por qué razón en particular. Ahora podía empatizar con el respeto y la devoción por la ayahuasca y no me importaba lo ajeno y extraño que se sentía al comienzo. ¿Acaso, acercarse a la naturaleza con la misma reverencia y solemnidad con que nos enseñan a acercarnos a Dios no es tanto o más sublime? El yagé se me había revelado como un camino de sanación, un atreverse a expulsar de tu cuerpo las tristezas, las culpas, las ataduras, las heridas y todo lo que te hacer sufrir y te hiere el corazón.

 

Creo que lloraba de lo hermoso que me parecía todo. Había pasado por un proceso de limpieza corporal y espiritual, y esa gran experiencia provenía del mismo conocimiento de la naturaleza, que muchos consideran creación de Dios. La ayahuasca me había hecho transgredir mis propios códigos y enfrentar los miedos que me acompañan, y me había hecho re-descubrir la belleza a mi alrededor, a través de otros lenguajes, otros sonidos y aromas, otras formas de pensar y de sentir que al final de cuentas, conducían a la vivencia del amor y del respeto profundo por la naturaleza.

 

No sé si lo vuelva a hacer, pero si sucede otra vez, me gustaría ir más entregado y completamente libre de cargas ideológicas. Pero eso es una tarea personal de la que me tengo que hacer cargo, si quiero abrirme al misterio divino que escapa a toda comprensión de cualquier credo o ciencia, y se esconde en lo más recóndito de nuestra esencia como seres humanos hijas e hijos de la tierra.

 

 

 

Jeison Oviedo es un barranquillero comunicador social, magíster en Ética Social y Desarrollo Humano de la Universidad Alberto Hurtado de Santiago de Chile. Es colaborador en la red de educación popular KairEd. Ha participado como facilitador en proyectos de sensibilización con comunidades. Más recientemente indaga sobre el pensamiento decolonial en experiencias locales de paz en Colombia.

 

Email de contacto: jeison.oviedomercado@gmail.com

 

Bogotá, 25 de Marzo, 2021

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